i I I I I I La i pregunta “¿Y…? ¿Cómo sigue?” y se impacienta. ¿Y? ¿Y? La i mía Mi inventora, imaginaria, idiota, ilusionada, fina i . La i tiene su imán. Vibra. Está viva. Su inteligencia, su iluminación, sus ideas. Idas y venidas. La i es de intención. La i se pierde en mi pasado: Sentí Viví Fui y volví. La i es para ti y para mí. Pero a veces, miente. Y es mínima, la i es chiquita, flaquita, una nenita, un poquitín, un chiquilín. Tiqui tiqui tíquiti ti. Queridito, mi nenito, mi corazoncito. La i instituye, incide, instala, insiste, liquida. No para de sufrir ni de pedir. No queda duda, la i es yin. Afina su fibra y dice Sí y fin.
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Ahí está la anatropía. De la nada, surgen ideas que agregan tensión formal al mundo: de esa nada surge la fuerza que enrosca la materia alrededor de nuevas configuraciones. Del silencio sale la idea, del fondo, de la oscuridad. Arranca un pedazo de nada. Mastica esa nada. La exprime. Fuerza esa oscuridad hasta encontrarle las puntas incipientes, los bordes. Entonces se empiezan a ver formas asomando. Se perfilan suavemente. Por eso uno insiste todavía más. Toma el asunto entre manos y comienza a presionar suavemente, con fuerza, o como haga falta, para ver de qué se trata. Lo ilumina. Lo ve mejor. Lo observa y escucha a ver qué dice. Atiende. Después afila, retoca, perfecciona, lima. Se aleja y sopesa. Mide y al fin acepta que la idea puede ser buena. Verdadera. Útil. Y la agrega algo al mundo que ya estaba, lo hace más complejo, más intenso, más armado, abigarrado.

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