El mate y las palabras
La cultura puso en mi mano este mate. Una denominación lo cubre con un movimiento simple, una piel fácil de manejar, el sonido que se pronuncia en un instante, rápido: "Dame el mate."
El mate es charlatán
Este contenido que encierra la palabra se resiste. Claro que no está quieto. La palabra “mate”, la idea mate, cimbra y se contorsiona con el choque de todo esto que vive en ella.
Algunas personas no toman mate. El mate se hace sólo en esta parte de América del Sur. Vi en el paquete de la yerba “Cruz Malta” que la exportan a Libia, qué llamativo (dicen que ahí cada uno toma con su mate y su bombilla, que no se lo pasan). La alta productividad y la producción en cadena conspiran contra la conservación de la costumbre del mate, porque para tomar mate hay que estar sentado, dedicarse al mate. El mate es querendón y faldero. Sí. Uno no lo puede dejar por ahí olvidado, porque los siguientes dos mates son horribles. Es como si se hiciera más amargo a propósito. Para que no te olvides de él. Así, muchos no toman mate porque es un verdadero problema para ellos. No le van a dar bola al mate. No tienen tiempo. Bueno... y hay otros que no toman mate porque el mate es amargo. Están los que le ponen azúcar para endulzarlo. Esto divide a los tomadores de mate en tres regiones. Están los que, como yo, sólo simpatizamos con el mate amargo. A mí el mate dulce no me gusta. Se me separa el gusto de la yerba del gusto de la azúcar y el efecto me resulta un poco repugnante. Están los que sólo toman mate dulce y que digan ellos lo que les parece el mate amargo. Están, también, los que toman mate dulce y amargo, indistintamente, según se lo ofrezcan. Pero por lo general, en su casa, se deciden por una de las dos modalidades. Bueno, también está el gran grupo de los que al comenzar a cebarlo le echan una cucharada de azúcar para cortar el amargor inicial, que es importante sobre todo ahora, que la industria mayor de la yerba elige el secado no tradicional y el gusto de las marcas más grandes es casi violento. Por eso, es muy diferente la yerba secada con el método tradicional, más lento, con brasas, que es mucho más suave y amable que la que fue secada de golpe, en hornos. Y aveces también la yerba quedó en un paquete de nylon y se puso húmeda o ardida y ahí te quiero ver. El mate se pone horrible. (Yo le digo ardida, no sé de dónde lo saqué, para mí significa oxidada o con microorganismos que le arruinan el gusto). Es que la yerba es ácida y tiene cafeína. En eso no hay que engañarse, el mate es un poco como el café, es fuerte. A alguna gente le hace mal. Y no es para menos. A veces hay yerbas mal estacionadas que te hacen un agujero en la panza, qué embromar.
Sí. No es para el espíritu anglosajón, ya sé. No se va a imponer en el mundo así no más.
Decía, entonces, que la palabra no se deja agarrar así como así. Todos saben lo que es un mate, pero el mate no se deja atrapar. Todos sus conceptos bailan entre sí y se desgastan mutuamente, discuten. Si la gente no lo toma, el mate desaparece. Todo lo que sucede cerca impacta en la existencia del concepto, del rito, del asunto mate. Si hace mal... lo tendremos que dejar de tomar, y las ideas que genera el discurso de la medicina y la nutrición, que flotan cerca de la idea “mate”, chocan con ella y la hacen temblar. El concepto de “cafeína” afecta al de “mate”. Una vez que se sabe que el mate tiene cafeína, por ejemplo se liga a la noción de “estimulante” y a lo que hay que hacer con los estimulantes: algunos, por eso, ya no toman mate, lo olvidan, lo desplazan. La palabra tiende a despedazarse, a salirse de sus límites y desaparecer. La tensión de los campos internos de la idea “mate” hace que la palabra tienda a estallar. A abandonarse.

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