La palabra es trabajo

La palabra es trabajo
Amar a una palabra es amar un mundo. Es ser de ese mundo y gozar con el mundo que se conoce. En ese goce entra el dolor también, en el sentido de que todos quieren transmitir qué tipo de dolor conocen a los demás, y vaya que cada grupo social sabe de su particular modo de dolor. La afirmación de la existencia que se convalida en la circulación. La palabra tiene esa fuerza hacia fuera. Es una invitación a la pronunciación y a la creación.
- “Mirá qué lindo pino.” – “No. Es un cedro”. La palabra cedro, el trabajo que dio diferenciar el pino del cedro, la fuerza de ese conocimiento quiere enunciarse para seguir presente. Para que un pino y un cedro sigan siendo dos cosas distintas. El cedro se niega a fundirse en el pino, en la masa de pinos para ser otro árbol. Por eso la palabra es trabajo. Es el trabajo eterno de recordar. De seguir pintado el mundo para que se siga apreciando el matiz y la forma de todo. Y este trabajo de sostén es monumental. La mayoría de nosotros se dedica eso. A sostener lo creado. A hacer perdurar las nociones. No olvidemos que luchan entre sí, se gastan, se modifican, mutan lentamente, se mezclan.

¿Y en dónde viven así las palabras?
En el mundo de la circulación del sentido. En el mundo de la relación entre nosotros, los que las decimos. Sí. La palabra existe porque alguien la dice. Pero persiste porque alguien se la dice a alguien (y a alguien más). La palabra tiene una fuerza hacia fuera. Viene montada en un viento que la arrastra. Ése es el verdadero misterio que no se deja atravesar. La palabra sucede. Se hunde en la niebla de la memoria. ¿Alguien recuerda el trabajo por aprender a hablar? Todos sabemos que se aprende a hablar de otro. Nos legan las palabras a las que tomamos como hechos de la naturaleza. Es fácil pensar que las cosas tienen un nombre. Cuando llegamos acá nos dijeron el nombre de cada cosa y lo aprendimos muy bien. Parece que Dios le dio el derecho de nombrar a Adán y que después todos nos dedicamos a repetir los nombres que él puso.

Pero no te lo creas del todo: Adán nunca tomó mate.


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